
Un post personal, escrito desde la trinchera del día a día con Docker, Python, Rust, Node, Java y PHP, sobre por qué dejé Windows
como sistema principal y qué gané (y qué perdí) al migrar a Fedora.

Windows 11 estaba consumiendo demasiado espacio en mi SSD solo para poder trabajar con Docker, y en algunos momentos la laptop se sentía
lenta a pesar de tener 16 GB de RAM y un SSD generoso. Migré a Fedora 44 Workstation con KDE Plasma, mantengo Windows en dual boot para
emergencias y el cambio fue, en términos honestos, una de las mejores decisiones técnicas que tomé este año.
El dolor real: Docker, Windows y un SSD que no alcanzaba
Mi laptop no es modesta: 16 GB de RAM, SSD de 256 GB o más, procesador decente. Y aun así, con Windows 11 como sistema principal, el flujo de trabajo típico de un dev se sentía pesado.
Los dos síntomas que finalmente me empujaron al cambio fueron:
- Espacio en disco. Windows 11 + actualizaciones + Docker Desktop + imágenes de containers +
node_modules+ caches de Gradle/Maven + los IDEs (IntelliJ, VS Code) fácilmente me dejaban con el disco en rojo. No era raro ver el sistema consumiendo entre 40 GB y 80 GB solo del lado de Windows y Docker Desktop, antes de empezar a programar. - Lentitud intermitente. Aun con RAM de sobra, había momentos en los que el sistema respondía con un pequeño lag que rompía el flujo: al levantar varios containers, al indexar en el IDE, al sincronizar archivos grandes.
Es importante decir que esto no es un «Windows sucks». Es un problema estructural: el modelo de Windows + Docker Desktop + WSL2 + antivirus + telemetría + updates forzados simplemente no encaja con cómo trabajo yo.
Por qué Fedora (y por qué KDE Plasma)
Evaluaba entre varias opciones. Los puntos que me convencieron de Fedora fueron:
- Paquetes muy cerca de upstream. Fedora suele tener versiones nuevas del kernel, GCC, Python, Node y Rust mucho antes que otras distros conservadoras. Para mí, que trabajo con proyectos modernos, eso importa.
- Btrfs por defecto. Snapshots, rollback y compresión fuera de la caja. Si algo se rompe, puedo volver atrás.
- DNF como gestor de paquetes. Sí, hay que aprenderlo, pero una vez que lo haces, no quieres volver.
- Wayland por defecto en la sesión principal, con buena integración con NVIDIA (aunque eso lo pagué, como cuento más abajo).
¿Y KDE Plasma? Vengo de un background donde GNOME nunca me terminó de sentar cómodo, y KDE me da la posibilidad de tunear el escritorio con plugins (uso Herdr para organizar ventanas) y tener un look que se parece mucho a Windows, lo cual ayuda en la transición.
Las decisiones que tomé
- Fedora 44 Workstation con KDE Plasma, no Silverblue ni Kinoite. Quería una instalación tradicional, mutable, fácil de mantener con DNF. Las variantes inmutables son geniales pero para mi flujo sumaban fricción.
- Wayland como sesión por defecto. Es donde está el futuro y donde funciona mejor el escalado en laptops modernas.
- X11 solo cuando lo necesito. Específicamente para AnyDesk, donde la experiencia en Wayland todavía me dio problemas. Cambio de sesión puntualmente y listo.
- Dual boot con Windows, no eliminación total. Windows lo mantengo para emergencias, juegos puntuales y como red de seguridad. No lo necesito para trabajar, pero tenerlo ocupa poco espacio y me da tranquilidad.
- Docker Engine nativo, no Docker Desktop. Fedora tiene el paquete en sus repos y funciona directo con el daemon del sistema. Una de las decisiones que más espacio y RAM me devolvió.
Las fricciones reales (sin edulcorarlas)
Migrar no fue magia. Estas son las cosas que me costaron:
- AnyDesk en Wayland. Tuve que abrir una sesión X11 dedicada para que el control remoto funcionara bien. No es un bloqueador, pero es el tipo de detalle que frustra los primeros días.
- Acostumbrarme a DNF y a la línea de comandos para casi todo. Venir de Windows significa que tu memoria muscular está entrenada para buscar un
.exe, hacer doble clic y siguiente, siguiente. En Fedora la terminal es tu amiga, y al principio se siente raro. Después, no quieres volver. - Codecs y multimedia. Algunos formatos no vienen por defecto por temas de licencias. Es entendible y se resuelve activando repos adicionales (RPM Fusion), pero hay que hacerlo.
- El primer día de dual boot. GRUB, Secure Boot, particiones, el reloj que se desincroniza entre Windows y Linux… clásico. Nada grave, pero ocupa una tarde.
Mi experiencia una semana después (la parte honesta)
Esto es lo que realmente sentí, sin guion de tutorial.
El primer día
Cuando encendí Fedora por primera vez me pasó algo curioso: me acordé de mi adolescencia, cuando probaba distros de Linux una tras otra solo por curiosidad. Ese mismo vértigo de «voy a romper algo», mezclado con la emoción de tener un sistema que puedo personalizar a mi gusto.
Acostumbrarme no fue complejo. KDE Plasma permite mover, esconder y reorganizar prácticamente todo, y al final terminé con un escritorio que se parece mucho más a macOS que a Windows. Uso mucho los multiscreens (escritorios virtuales por actividad) y eso cambió por completo cómo separo mi trabajo: dev en uno, navegador y docs en otro, comunicación en otro. Y dentro de cada escritorio, Herd se encarga de organizar las ventanas como si fuera un tiling manager, sin obligarme a dejar el mouse. Es de esas combinaciones que una vez que las probás, no querés volver.
El momento «esto fue buena decisión»
No fue una sola cosa, fueron tres al mismo tiempo:
- Ver el espacio libre en el SSD después de la instalación.
- Que Docker funcionara sin Docker Desktop, directo, sin la app pesada de intermediario.
- Un comando resolviendo algo que en Windows me habría costado buscar, descargar, hacer clic en «siguiente», y probablemente reiniciar.
Cuando esos tres pasan el mismo día, la decisión se cierra sola.
Lo que todavía no me termina de gustar
Para trabajar, hoy por hoy, me va de maravilla. No es que tenga una gran queja funcional. Lo único que me sigue dando rabia son bugs pequeños con las animaciones de ventanas, sobre todo con ventanas emergentes (popups, notificaciones, diálogos modales). No es bloqueante, pero es el tipo de detalle que te hace decir «todavía no es perfecto». Supongo que es el precio de estar en el ecosistema KDE + Wayland tan cerca del upstream.
¿Volvería a Windows?
No, ni loco. La decisión está tomada.
Antes vs. después (estimados honestos)
Estos números son rangos típicos, no una medición exacta de mi laptop particular. Te los dejo como orden de magnitud para que se entienda el cambio de modelo:
| Concepto | Windows 11 + Docker Desktop | Fedora 44 + Docker Engine |
|---|---|---|
| Sistema + actualizaciones | ~25-35 GB | ~10-15 GB |
| Docker (imágenes, volumes, cache) | ~10-30 GB | ~5-20 GB |
| Overhead de telemetría/anti-malware | Siempre presente | Mínimo |
| RAM en idle con Docker corriendo | ~3-5 GB | ~1.5-3 GB |
Tiempo de un install de stack completo | Búsqueda web + reinicios | Un comando, sin reiniciar |
| Forzado de updates en medio de una tarea | Sí | No |
El punto importante no es la cifra exacta, sino el margen que recuperas. Pasé de pensar «qué borro para que Docker no me explote el disco» a no pensarlo.
¿Lo recomiendo?
Sí, con matices:
- Sí, si trabajas con Docker o containers a diario y valoras que tu sistema operativo no pelee contra tu flujo de trabajo.
- Sí, si te atrae la idea de tener paquetes modernos sin esperar dos años.
- Sí, si estás dispuesto a invertir una o dos semanas en reaprender cosas básicas (instalar paquetes, gestionar servicios, configurar tu shell, entender permisos y SELinux).
- No, si tu trabajo depende exclusivamente de software que solo existe en Windows y no tiene alternativa viable. En ese caso, dual boot es la respuesta, no la migración total.
Para mí, la mejor métrica es esta: ya no pienso en el sistema operativo. Antes, Windows era parte del problema. Hoy, Fedora es transparente: está ahí, hace su trabajo, no me interrumpe, y me deja programar.




